Hace pocos días leí un artículo sobre las sociedades capitalistas y su origen, el cual afirmaba que esta doctrina económica se ajusta a la esencia del ser humano y forma parte de su naturaleza. Además, incluía argumentos como el principio de individualidad y de familiaridad, lo que en otro registro se llamaría prevaricación. De alguna manera, esta premisa justifica a las grandes empresas multinacionales y cómo manipulan el capital en su propio beneficio. Este argumento queda validado dentro del sistema actual, tal vez, pero si nos desplazáramos a la historia remota nos daríamos cuenta de que es una falacia y de que el ser humano ha compartido alimento, normas y valores colectivos durante largos siglos, muchas obras literarias son un ejemplo de esto. En ocasiones, hay que volver al pasado para entender el presente.
Jîro Taniguchi, autor del cómic Le journal de mon père, ilustra el regreso a su tierra natal, Tottori, después de largo tiempo, a través del desdoble de personajes. El motivo que le lleva a reencontrarse con su familia es el fallecimiento del padre. Durante la velada del entierro, los familiares se reúnen a recordar los momentos vividos en el pasado y el protagonista recupera recuerdos muy borrosos de su infancia. Su padre siempre fue un hombre entregado al trabajo, dispuesto a saldar la deuda que contrajo con su suegro tras el incendio de la peluquería que poseía en la ciudad. A pesar de que este no era un problema para su madre, la cual le animaba a dedicarse mucho más a sus hijos, se convierte en el motivo de separación de la familia, situación que él nunca superó.
Por otra parte, el reencuentro con su hermana, a quien hace años que no ha visto, le permite recuperar determinados recuerdos perdidos que despertarán en él todo tipo de sentimientos.
El entorno familiar aparece como un espacio cuyos valores se transmiten entre los integrantes y en el que poco ha cambiado. Las tradiciones niponas que observamos son ejemplo de las relaciones que se establecen entre los personajes. Su tío Daisuke cobra un importante papel para el autor ya que es un pilar fundamental de su aprendizaje y el hombro al que toda la familia va a llorar.
Entre conversaciones y recuerdos, se dibuja la figura del padre desde diferentes perspectivas.
Jîro Taniguchi, autor del cómic Le journal de mon père, ilustra el regreso a su tierra natal, Tottori, después de largo tiempo, a través del desdoble de personajes. El motivo que le lleva a reencontrarse con su familia es el fallecimiento del padre. Durante la velada del entierro, los familiares se reúnen a recordar los momentos vividos en el pasado y el protagonista recupera recuerdos muy borrosos de su infancia. Su padre siempre fue un hombre entregado al trabajo, dispuesto a saldar la deuda que contrajo con su suegro tras el incendio de la peluquería que poseía en la ciudad. A pesar de que este no era un problema para su madre, la cual le animaba a dedicarse mucho más a sus hijos, se convierte en el motivo de separación de la familia, situación que él nunca superó.
Por otra parte, el reencuentro con su hermana, a quien hace años que no ha visto, le permite recuperar determinados recuerdos perdidos que despertarán en él todo tipo de sentimientos.
El entorno familiar aparece como un espacio cuyos valores se transmiten entre los integrantes y en el que poco ha cambiado. Las tradiciones niponas que observamos son ejemplo de las relaciones que se establecen entre los personajes. Su tío Daisuke cobra un importante papel para el autor ya que es un pilar fundamental de su aprendizaje y el hombro al que toda la familia va a llorar.
Entre conversaciones y recuerdos, se dibuja la figura del padre desde diferentes perspectivas.
Respecto al tiempo, se producen numerosas alteraciones cronológicas que nos desplazan al pasado y al presente sin orden, de este modo parece que el lector ahonde en la memoria del personaje.
Además, el estilo que posee Taniguchi es inconfundible, las formas y contornos permiten dar una dinámica sensación de movimiento y fuerza al espacio. En este sentido, se aleja del clásico manga para cobrar un estilo personal que le da una singularidad inimitable.
Los contrastes entre las diferentes épocas muestran el paso del tiempo que lo ha cambiado casi todo, pero no la esencia.
Después de algunas obras increíbles como Quartier Lontain o Le Chien Blanco, Taniguchi se adentra en la experiencia personal para dar forma a una historia que nos lleva a la reflexión sobre las prioridades en la vida, la imposibilidad de detener el tiempo y las adversidades, las obligaciones y los valores sociales. Una oportunidad para interpretar el mundo más allá de toda cultura.
Además, el estilo que posee Taniguchi es inconfundible, las formas y contornos permiten dar una dinámica sensación de movimiento y fuerza al espacio. En este sentido, se aleja del clásico manga para cobrar un estilo personal que le da una singularidad inimitable.
Los contrastes entre las diferentes épocas muestran el paso del tiempo que lo ha cambiado casi todo, pero no la esencia.
Después de algunas obras increíbles como Quartier Lontain o Le Chien Blanco, Taniguchi se adentra en la experiencia personal para dar forma a una historia que nos lleva a la reflexión sobre las prioridades en la vida, la imposibilidad de detener el tiempo y las adversidades, las obligaciones y los valores sociales. Una oportunidad para interpretar el mundo más allá de toda cultura.
Raquel Sánchez Lara

